Canción del café

zhai-yongming

Canción del café

1. Tarde

Un café tristísimo
en la quinta Avenida
La pequeña puerta de hierro
bajo las luces de la calle

Sentada frente a la ventana
bebo despacio el café oscuro del patrón
« Cuántas personas pasan
camino al trabajo, de vuelta a casa,
ignoradas por todos »

Hablamos sobre amores insípidos
« El ayer       Me gustaría
volver al ayer »
Una canción nostálgica flota en el ambiente

El café y las verdades se acumulan en la garganta de él
sin importar el orden
La lengua va cambiando
Tropos oscuros van y vienen por el ambiente

Como ante una orden de atacar
nombres de hombres ruedan y se agigantan
una ecuación mecánica en un aula atroz
me paralizan

Acercando la oreja la cara él se inclina sobre ella
habla de grandes riesgos y objetos misteriosos
« Mejor reír que llorar….
Seguimos adelante…»

A continuación, silencio
A continuación, una pareja entra y se sienta
Vienen de otra parte       están
habituados a la vida inane del campo

« Podría haber hecho
un gran papel        y hoy
no es más que un donjuan a punto de quedarse sin pelo »
Bajo la cabeza y sorbo el café

Entre el alcohol y el cambio de interlocutor
se pasa la tarde insípida
¿Qué preguntas
pienso una y otra vez ?

Seguís hablando de ese barrio paradisíaco
tu hija
una profesión alta
tu perfecto acento local

Chisporrotea el atardecer       Las luces provocantes
De la radio sale una música que aturde
« Oh extranjero….
extranjero…. »

Zhai Yongming

 

 

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Una mujer cuyo nombre no es conveniente mencionar

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Dentro de tu teléfono un niño guarda silencio
Sobre tus medias de seda hay una mancha de sangre indeleble
“El verano ya llegó. ¿Cuánto puede tardar el otoño?”
Tu inglés retrocede día a día
Tu espíritu es como el perfume sellado dentro de un frasco

Memorias cada vez más confusas hacen de tu mente
un oscuro depósito de antigüedades
donde el olor a muerte repele al desconocido
que llega con una antorcha en la mano.
“Nunca he sido romántica. Nunca, nunca.”
El secretario diligente escucha detrás de la puerta

Sentada bien derecha al mediodía, o caminando en círculos: vos
El rostro flotando en la la ventana, pelos enredados en el peine
Una mujer embarazada habla en una carta de su felicidad
pero tu belleza y tu porte están condenados a perderse

En el pasado te entregaste entera a la batalla
para retroceder al final (mitad revolucionaria, mitad cristiana)
hasta la profunda habitación de tu época de muchacha
Un pájaro del siglo diecinueve se lanzó sobre tu regazo
Los héroes que pasaban a tu lado parecían ridículos y vulgares

La lealtad a un hombre es más difícil que la lealtad a un sueño
Una idea turbia te sacude el cuerpo,
tus pechos caídos se amoldan a la caricia de un fantasma
Pero los vivos que te rodean
son incapaces de expresarte su amor

Incluso el joven que entra temerariamente en vos
sólo puede llegar a sondear la mitad de tu hondura
porque sos una lámpara, una niebla, una constelación
Brillás de golpe, y tu rostro vivo
me produce asombro, alegría y sospecha.

Xi Chuan

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Enrique Butti sobre “El invisible”, en El Litoral

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http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2016/11/18/opinion/OPIN-02.html

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Sobre un paquete de cigarrillos chilenos

Sobre un paquete de cigarrillos chilenos

Sobre un paquete de cigarrillos chilenos,
el dibujo de una diosa de la libertad:
una silueta un poco difusa
sosteniendo una antorcha sobre su cabeza.

Por el bien de la marca, o la publicidad,
la diosa de la libertad tiene así su pequeño espacio:
se compra por unos centavos,
y se diluye en el humo del tabaco.

El paquete se tira en la calle
y la gente lo pisotea y le escupe encima.
Metáfora o realidad, lo mismo da:
la libertad es sólo un paquete de cigarrillos.

Ai Qing. 1954.
在智利的纸烟盒上,
画着一个自由神,
她虽然高举着火炬,
却只是一个黑影;

为了做商标,还是广告,
让给自由神一个地盘,
只要几毛钱就可以买到,
抽完了也就烟消云散……

纸烟盒被扔在路边,
我用脚踩,你来吐痰,
不管是事实,还是象征,
自由神只是一盒纸烟。

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El invisible

tapa Azar B

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Tus células

 

Tus células. Tu estrella. Tu escondite. Tu esquina. La puerta de tu casa. Tu silla sin pintar.

Una nube blanca se detiene en el cielo, como un tambo flamante.
Una araña trepa por mi espalda. Yo estoy absorto hace un rato mirando la tierra.

Antes de que aparecieras, yo casi no era yo mismo.
Aunque los tiburones mordían en el agua y los tigres atacaban en el bosque,
esta ciudad vacía necesitaba que golpearas con tus dedos el vaso y la mesa.

Así que necesitaba que emergieras de la nada, o que bajaras de un techo.
Así que buscaba frenéticamente tus huellas en el vidrio.

¿Pero quién sos? ¿Tenés un hermano mayor, una hermana menor? ¿En qué lugar naciste?
Sos como un invitado que no llega nunca a una cena,
y cuando al fin venís, extendés tus manos para abrazar puro viento.

Una brisa ligera a veces trae una lluvia feroz, y luego es la noche de las comadronas, y luego la mañana de los barrenderos.

Tengo pensamientos disparatados acerca del comienzo secreto de todo.
Dejame que te agarre la mano.

Vestida con esas medias largas, como una diosa de la antigüedad, parecés inventada.

Mirá, mis manos son más grandes que las tuyas, mis pies más sucios que los tuyos, pero compartimos la misma luz, y la misma oscuridad asimila nuestro miedo y nuestro coraje.
¿Pero quién sos?
¿En qué te basás para existir?

 

Xi Chuan (1994)

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U 20000

U20000

Perdona el canto de los gallos en la aldea, y la oscuridad que no se ha esfumado aún al cantar los gallos. Perdona la piedra de moler primitiva y los edificios cuya arquitectura no ha avanzado desde la época Qin. Incluso siente una cierta nostalgia por todo eso.
Perdona la birome sin tinta, el burro empacado. Perdona a la maestra de secundaria que castiga a sus alumnos, a la mujer hueca que lo encierra en un aula oscura.
No perdona sin embargo las tonterías de sus congéneres, por más que perdone el muro tapiado, el camino cercado y las moscas que revolotean, por más que perdone a esa persona a la que, en una habitación cálida, se le pone la piel de gallina.
Perdona el vuelo en picada de los cuervos y los disparates de los flamencos, pero no perdona las piedras o las tejas que llueven del cielo. Aun si hace rato que aprendió a controlar su mal genio.
Perdona a los soldados tendidos en el suelo, al juez que se toma la leche, así como perdona los archivos, rumores y sentencias acerca suyo; pero no perdona las faltas de ortografía en los eslóganes y documentos, libros y manuales.
Perdona a la mujer que lo traicionó, a la esposa que le dijo adiós,– no hay ningún registro escrito de su dolor. Recién ahora sabemos que tenía suficientes razones para destrozar su única radio valiosa.
Y sin embargo no lo hizo. Perdona la fe en el relámpago, la fe en el agua, ¡cuánta tristeza hay en el río que centellea! Pero no perdona un cielo sin fe, pues ¿a dónde va a ir después? ¿y con quién va a encontrarse?
Perdona su cáncer, su funeral miserable, e incluso las nubes que aparecen el día de su funeral, de la misma forma que perdona una comida en mal estado. Pero no perdona el papel que otros queman en su nombre. Veinte años después de su muerte, nos empeñamos en tratarlo como una persona.

Xi Chuan

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