El veneno

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El veneno

Recordaban envenenados las tardes en la playa,
veranos de la infancia recogiendo caracoles,
las palabras no tenían sentido y las horas se iban rápido,
grandes barcos, pequeñas nubes, miradas sin destino, como globos,
y a la hora de la siesta, mientras los mayores dormían,
un perro venía a lamerles los pies y a recordarles
que había, a vuelta de la esquina, una pregunta con su nombre.
Por azar, mucho después, volviendo del sur en auto
salí de mi ruta un día para conocer ese pueblo,
y he encontrado los perros, solamente los perros
y el muelle desde el cual, el ultimo verano,
hicieron con saliva un juramento solemne
que al año siguiente uno de los dos traicionaría
una noche, casualmente en verano. Y en el muelle
una mujer gorda tiraba migas de pan al agua,
sin objeto. Los perros, dos o tres jaurías por las calles.
Ni caracoles ya. Arena sí, por todas partes.
Me senté en la vereda de un bar a mirar la calle.
Quise decir unas palabras, siquiera para mí solo,
y algo tartamudeé ante la mirada sorprendida del dueño,
que había salido a ver las primeras estrellas.
“Un aduana hundida fue tu principio y tu fin…”
Camino de tierra, empalme con una ruta vacía.
Luego en la noche camiones con animales oscuros,
peajes, estaciones de servicio, la posibilidad como siempre
de dejarse guiar por una buena estrella, y al final, en cambio,
la decisión, casi siempre inevitable, de seguir un impulso,
de obedecer el latido más simple, el más traicionero.

Sun Bolei

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Tren militar

ai-qing

Se acerca el tren con un rechinar de hierros,
la locomotora negra lanza humo y detrás suyo,
una otras otra, pasan las carrocerías metálicas,
caras con gorros grises asomándose de cada vagón.
Los caballos marrones permanecen tranquilos,
como mujeres, con su pelaje ya sin lustre,
y a través de los agujeros que las balas
han hecho en el metal de la carrocería
pueden verse las melenas que caen
y los huesos salientes de las costillas.
Un soldado a su lado fuma y observa
a lo lejos los montículos de tierra y unas chozas.
Sostiene el cigarrillo de manera rara, con los cinco dedos,
y el papel le da a su cara un tono aun más oscuro.
Levanta un atado de pasto, los caballos tienen hambre.
No llega la hora de partir, y ese soldado viejo
saca de un bolsillito de su uniforme raído
un moneda de cinco centavos para comprar
una torta, que mordisquea en silencio,
fijos los ojos en una canasta llena de huevos.
A causa de la mugre en los uniformes
el número de la unidad resulta ilegible;
en los rostros cobrizos, cubiertos por los gorros,
hay como una franja espesa de sombra.
El cielo, sin sol a la vista, es de un gris sin falla,
y sobre la larga fila de vagones oscuros,
hasta donde alcanzan los ojos, se descubre
una línea ascendente y descendente de colinas
en nada diferente a las que hay por todo el país,
una extensión hermosa y todavía sin roturar,
alturas de tierra roja, amarilla, marrón y ocre.
El motor respira pesadamente, con el tren detenido,
mientras las personas caminan despacio a un costado,
y los caballos sólo levantan las orejas,
de golpe, cuando la máquina lanza humo.
El lugar está lleno de ruidos,
pero es como si reinara un silencio temible,
todo alrededor una gran llanura reseca,
a pesar de que ya es primavera en el mundo.

1940

Ai Qing

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Sí mismo

mu-dan

Sí mismo

No sabe al fin qué mundo era su patria:
optó por una lengua, por una religión,
y levantó en la arena su carpa temporaria,
y así bajo la luz de una pequeña estrella
se dio a intercambiar emociones con el mundo.
Pero no sé si en realidad era yo mismo.

En el camino se topó con una imagen
e hizo de ella el objeto de su culto.
Llamó amigos a estos, a aquellos enemigos,
y a la alegría y a la pena, la furia y el placer
fue colocando en el lugar que les tocaba.
Era esplendor y lujo la vitrina de su vida.
Pero no sé si en realidad era yo mismo.

A la prosperidad siguió la bancarrota,
como un rey por sí mismo derrocado.
El mundo y su castigo: sarcasmo, indiferencia.
No obstante había perdido solamente un reino,
y a medianoche era otra pena su desvelo:
Porque no sé si era en realidad yo mismo.

Había en otro mundo un aviso de Buscado;
en un cuarto vacío su ausencia fue sorpresa:
había ahí otro sueño que esperaba ser soñado,
rumores que esperaban que él los fabricara.
Como una biografía inacabada todo esto:
Porque no sé si era en realidad yo mismo.

1976

Mu Dan (1918-1977)

自己

不知哪个世界才是他的家乡,
他选择了这种语言,这种宗教,
他在沙上搭起一个临时的帐篷,
于是受着头上一颗小星的笼罩,
他开始和事物作着感情的交易:
不知那是否确是我自己。

在征途上他偶尔碰见一个偶像,
于是变成它的膜拜者的模样,
把这些称为友,把那些称为敌,
喜怒哀乐都摆到了应摆的地方,
他的生活的小店辉煌而富丽:
不知那是否确是我自己。

昌盛了一个时期,他就破了产,
仿佛一个王朝被自己的手推翻,
事物冷淡他,嘲笑他,惩罚他,
但他失掉的不过是一个王冠,
午夜不眠时他确曾感到忧郁:
不知那是否确是我自己。

另一个世界招贴着寻人启事,
他的失踪引起了空室的惊讶,
那里另有一场梦等他去睡眠,
还有多少谣言都等着制造他,
这都暗示一本未写成的传记:
不知那是否确是我自己。

1976年

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Alfiler

Alfiler

Los jóvenes ya no eran jóvenes según ciertos estándares.
Los viejos eran viejos para cualquier estándar.
Los niños se habían ido detrás de los perros.
Los buenos chistes se contaban con los dedos de la mano
y además no había nadie para apreciarlos.
(No tener secretos obliga a conversar en voz baja).
Como el agua y el aceite, dijo alguien, ¿pero qué quería decir?
Haber carecido de todo sentido alguna vez
era una etapa infaltable en el cursus honorum
de cualquiera que se preciara, la tragedia
de la incomprensión, sí, gozaba de prestigio
y era el preámbulo ideal para la apoteosis
que caía al final sobre cada episodio absurdo
dotándolo de un sentido, igual que de una absolución.
Como el agua y el aceite, o como una amiga
que recorre todos las mercerías del barrio
buscando un tipo específico de alfiler
inhallable, usando una conversación
casual como pretexto para introducir
una palabra en la que pensó todo el día.

 

Sun Bolei (1982-)

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Sentido

Las nubes no dicen nada. Las olas no dicen nada.
Los muros del cementerio dicen algo, o casi nada.
Los heterónimos no dicen nada, igual que los seudónimos:
los diminutivos, los nombres de flores, los sobrenombres.
El viento no dice nada, crea expectativa.
Una almohada dice algo sobre los sueños de anoche,
y un eco repite: si los cepillos de dientes hablaran, ah…
Una vieja se queda callada antes de hablar.
Un helicóptero sobrevuela la ciudad, sin comentarios.
Después de una noche en vela
el arúspice descifra el mensaje en la borra:
silencio. En las entrañas de la paloma que encontró
aplastada en el asfalto esa mañana: silencio.
Ante el silencio de la paloma reaccionó con un chistido,
que es más o menos como decir que hizo silencio.
Se quedó pensando si decía algo con su silencio,
y concluyó que siempre era posible encontrar a alguien
para quien cualquier cosa significara algo.

Sun Bolei
(1982-)

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La muerte del soldado alemán Shermansky

 

El ruso fue mi destino.
En la frontera entre los países crecí, huérfano,
en el borde del pan y los molinos.
Oh, en una aldea sacada de un cuadro.
Junto con mi alemán natal,
el ruso creció en mí velozmente,
más rápido que los trenes secretos más rápido que mis dientes que mi edad
y que los árboles.
Kakayaharoshayapogoda!
¡Un tiempo tan hermoso!
Luego estalló la guerra y
perdí primero la Grecia llena de piedras
y días: eucaliptos y el murmullo
de una fuente, musical, me dejaron mudo.
En tres meses no dije una sola palabra,
nunca ni un jawohl a mis superiores,
y más tarde me mandaron
a cruzar el Neva en llamas,
Estalingrado en ruinas,
y todo esto parecía como una culpa personal.
De verdad, la lengua es el mundo,
y el mundo necesita la lengua para el perdón.
Años de odio, ay, lengua en harapos,
¿cuánto tiempo debía soportar aún?
Más tarde nos estacionamos
en cierta aldea, y fue como si hubiera
estado allí muchas veces antes. ¿Qué, dajevn ?
El lugar más conocido es también
el más extraño, ¿no es cierto, capitán?
El capitán dijo: “Shermansky,
hay que construir una trinchera
clavada como un puñal en el corazón del enemigo”
A causa de mi ruso,
me enviaban a buscar huevos, leche y otros alimentos,
así que cada día entraba y salía de las calles, los ligustros,
mientras el sol de octubre punzaba mi sombra líquida,
y yo estaba feliz como la trucha de Schubert.
Mi lengua ágil abría puertas y cortinas,
e imitando el silbido del cuclillo
llamaba desde lejos a la colorada Katya.
Katya, ¿ya estás lista?
Dame cinco manzanas rojas.
Katya, como yo, tenía olor en las axilas,
pero esto no importaba: toda la noche
la luna cálida se entretenía sobre nuestros cuerpos.
¿No fueron, la primera vez, nuestros cuerpos
como si dos léxicos chocaran y se unieran
formando un frase compuesta?
Katya, Yajiebialiubliu!
Decime: ¿Cómo se dice esto en alemán?
Yo respondía: Ichliebedich, Katya!
Más tarde nuestra trinchera se vino abajo,
nuestra guerrilla, ay, hermosa Katya.
El tribunal me decretó traidor a la patria
y me dio cuarenta y ocho horas:
veinticuatro horas estuve prófugo,
luego me atraparon y gasté otras catorce
en pedir gracia, escribí: Bitte,bitte,Gnade!
Respondieron: que me daban diez horas:
ocho horas, seis horas, cinco horas.
Después el pastor del ejército vino.
Era amable como una eternidad,
pero la eternidad no puede sustituirme.
De la misma forma que una bala no puede sustituirme,
a mí, a Shermansky, a esta persona que soy!
El pastor lloró, me abrazó, me dio un beso:
Hijo, hijo, Dubistnichtverloren!
Todavía hay tiempo, ¿querés escribir una carta?
Podés dictarme. ¿Pero usted sabe ruso, padre?
Dios sabe diferentes lenguas, hijo.
Así que, apremiado dije, querida Katya
querida, Katya, tengo diez minutos,
el alba tiene aun diez minutos,
el otoño tiene aun cinco minutos,
nosotros tenemos aun dos minutos,
un minuto, medio minuto,
diez segundos, ocho segundos, cinco,
dos:Lebewohl! Mi querida Katya!

Dispárenme al rostro, ah,
pero no al corazón.
Querida Katya,
morí, ¿pero qué es la muerte?
La muerte es como la muerte de otra persona.

Zhang Zao (1962-2010)

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Borracho, una canción.

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Anoche en el momento en que la fiesta,
evaporándose, se desplazaba hacia la izquierda,
el alcohol de tan dulce comenzó a hacer reverencias.
Los camarones de las notas musicales salían, a los saltos,
del violoncello, para dar una vuelta e instalarse
otra vez, con un susurro, en la sutileza del vino,
como invitando a alguien a iniciar una revolución.
Un gordo lloraba, y del bolsillo de su traje
sacaba una ristra de petardos, sin conseguir
que nadie le hiciera caso. Ay, por favor
no te pares tan lejos y a la vez tan cerca,
no permitas que tus ocho yoes sacudan así el pelo,
no hay que dejar que la zona liberada
de la tetera se vuelque de golpe, se haga pedazos,
y no me hagas reverencias: hay un ciervo bajo la mesa,
hay un hombre con aspecto de funcionario
que camina en puntas de pie, levanta
una copa y empleando un tono de moneditas
le dice al huésped extranjero: “Agarrá
esta.” El alcohol sonríe por anticipado.
Yo sigo desplazándome hacia la izquierda
y empiezo a pensar que soy aquel gordo.
¿Por qué es tan difícil prender un petardo?
Mi mente parece estar cantando en una cabina teléfonica
vacía a mil km de acá: “¿Acaso hay que esperar a un asesino?”
La tierra muestra su rabo azul, sólo una toalla
húmeda viene hacia nosotros, un barquito vacío
regresando de las olas frías. Hagamos ochos,
extraigamos de su cuerpo una nueva Manchuria, una autopista,
que apunta hacia una belleza seductora,
que apunta hacia tus siete u ocho yoes:
tu nombre es Xiao Cui y ahora sos invisible o
abrazada a unos leones de piedra estás llamando
a esa cabina vacía a mil km de distancia
(su novio debía estar ahí pero no ha llegado,
y ella imagina ese vacío ilusorio).
Ella vuelve para acá, todo alrededor se despeña,
como si enfrente no hubiera más que jacintos.
Un croto se acerca bamboleándose, brinda con alguien.
La personalidad gotea de la punta de los dedos
de todos, se escurre, los petardos siguen sin encender,
y alguien le arranca el encendedor a otro. “Mi mente”,
vomita el gordo, “está muy clara. No, su majestad.”
El gordo se golpea a sí mismo. “Majestad,
lo conozco como la palma de mi mano.”
El asesino se ablanda. Afuera del living,
el hielo ha sellado las noticias. “A la izquierda,
a la izquierda”, el gordo remolca al asesino
hacia el interior del baño, y el asesino le da un beso
a un ausente, como si besara a un emperador.
El emperador está ausente, como el asesino. Y yo, como ese gordo,
me inclino una y otra vez frente a los mandatos ubicuos.
Tal vez soy ese borracho y a mil km, casualmente junto a esa cabina,
escucho el timbre del teléfono y me arrastro, para caer en el silencio.
El borracho espera de pie junto a la cabina, cantando:
“Desde lejos, desde lejos, tenés una imagen como en espejo”

Zhang Zao (1962-2010)

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