Xiao Hong. Pequeña autobiografía

xiao hong

 

Nací en 1911, en un pueblo del interior, en el seno de una familia de pequeños terratenientes. Esa ciudad está en lo que debe ser el punto más septentrional y más oriental del país –en la provincia de Heilongjiang–, por lo que en un año hay al menos cuatro meses de nieve.
La avaricia a menudo transformaba a mi padre en un ser inhumano. Trataba a los criados, a sus hijos e hijas, e incluso a mi abuelo, su padre, con una misma sequedad y distancia, casi con crueldad.
Una vez, por una cuestión de dinero de un alquiler, le confiscó los caballos y el carro a un inquilino. La familia lloraba y protestaba, arrodillada delante de mi abuelo, de manera que este terminó por desenganchar del carro dos caballos marrones, y devolvérselos.
Por estos caballos, mi padre estuvo riñendo toda la noche con mi abuelo. “Dos caballos: para nosotros no es nada, pero para esta gente pobre es cuestión de vida o muerte.” Así decía mi abuelo, pero mi padre seguía discutiendo.
Cuando tuve nueve años, se murió mi madre. Mi padre se volvió peor que antes: si a alguien se le ocurría romper un vaso, se ponía a gritar a un punto tal que todo el mundo temblaba. Luego hasta sus ojos se fueron torciendo, y cada vez que pasaba delante de él yo sentía como si me pincharan unas agujas. Me miraba de reojo y su mirada, altanera, bajaba desde la nariz hasta la boca, resbalando desde las comisuras de los labios.
Así que cada atardecer, en medio de las grandes nevadas, yo me quedaba frente a la salamandra, al lado de mi abuelo, escuchándolo leer poemas, mirando los labios ligeramente rojos de mi abuelo mientras leía esos poemas.
Cuando mi padre me golpeaba, yo me quedaba en el cuarto de mi abuelo, mirando por la ventana, desde el atardecer hasta la noche– los copos de nieve, como algodón, flotaban afuera; y la tapa de la pava, sobre la salamandra, vibraba como un instrumento musical, acompañando.
Mi abuelo apoyaba una y otra vez sus manos llenas de arrugas sobre mis hombros, y luego sobre mi cabeza, y en mis oídos sonaban estas palabras:
“¡Crecé, crecé rápido! Una vez que seas grande todo estará bien.”
Cuando tuve veinte años me escapé de la casa de mi padre. Y hasta el día de hoy he vivido en un incesante vagabundeo.
Crecer, he crecido, pero no puedo decir que “todo esté bien”.
Gracias a mi abuelo, sin embargo, yo supe entonces que, aparte de la crueldad y del odio, en la vida existían también la calidez y el amor.
Recordando esa calidez y ese amor, llevo en mi interior una búsqueda y un anhelo incansables.

Xiao Hong

 

 

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