La hora azul

Uno tiene ganas de decirlo, por más que sea una obviedad: que los días se vuelven de golpe cada vez más largos por esta época. No sólo los días, también los atardeceres: la oscuridad, que haste hace unas semanas caía en cuestión de minutos, sin interludio entre el día y la noche, ahora se toma su tiempo y hay una franja de dos horas en la que el cielo se convierte en todo un espectáculo. Y además, está la hora azul. Más precisamente “la hora azul de las 18:50,” como me dijo una amiga con la que comentábamos el tema hace unos días. Dije que sí, automáticaente, sí, “la hora azul”, convencido de que hablábamos de la misma cosa, pero me quedé pensando y un momento después le pedí una precisión: ¿se refería al color del cielo o al color del aire? Del aire, me dijo. Es el aire mismo el que se pone de color azul. Luego hablamos acerca de cómo, según ella, los hombres distinguen menos colores que las mujeres, y para probármelo me preguntó ahí mismo de qué color eran las butacas del aula. Erré en los primeros dos intentos, pero a pesar de todo creo que salí bastante bien parado. Me quedé pensando, sin embargo, al día siguiente, en el tema del color, y me pregunté qué hubiera pensado Goethe.Sobre ambas cosas en realidad: sobre la hora azul y sobre la supuesta ventaja de las mujeres en la percepción de los colores. Goethe, que afectaba por lo general una gran modestia cuando se trataba de hablar de su literatura, pero que era muy poco tolerante cuando lo que estaba en juego era su Teoría del color. Seguramente porque, como señala su amigo Eckermann, a diferencia de su obra literaria, su teoría de los colores no había parado de recibir críticas desde el momento mismo de su publicación. De hecho cuando Goethe, en uno de los paseos que comparten los dos amigos en la década del 20, le propone a Eckermann que realice una especie de compendio de la Teoría de los colores (probablemente con el objeto de relanzarla), Eckermann responde de manera ambigua, ya que él también encuentra muchas falencias en la obra. Sólo días más tarde, cuando Goethe insiste con la idea del compendio, Eckermann le confiesa a regañadientes lo que piensa, a pesar del miedo de malquistarse. La respuesta, esperable, es un regaño violento y una acusación de hereje. Una de los puntos que Eckermann le señala a Goethe ese día es justamente el del color azul, y más concretamente el fenómeno de las sombras azules sobre la nieve, que Goethe explica como un color generado por el ojo mismo. Eckerman, sin embargo, observa: “Miré hace unos días, desde la ventana de mi departamento, la amplia sombra que se proyecta sobre la nieve del jardín, mientras el cielo estaba bastante azul y el sol brillaba, y me sorprendió descubrir que toda la superficie estaba enteramente azul. La sombra azul, por lo tanto, no podía tener nada de subjetivo.” ¿Y en cuanto a la hora azul de la que hablaba mi amiga? ¿Sería objetiva o subjetiva? ¿La verían algunos y otros no? Seguí pensando en el tema los días siguientes; por una cosa u otra, a la hora en que debía observarse el fenómeno, estaba siempre entre paredes. Al tercer día finalmente logré desocuparme antes y salí a caminar en dirección a un negocio, mucho antes de las 18:50. La referencia de la hora, por otro lado, no era del todo confiable, porque la frontera se corre rápido en estos días, y las 18:50 de entonces podían ser ya las 19:00 de ahora. Caminé y caminé, muy atento a la cuestión del color, vi cómo las luces se encendían, la gente empezaba a meterse en las bocas de subte para volver a su casa, otros en las terrazas a tomar algo, el cielo se ponía pálido, pálido amarillo, y después azul, azul petróleo y después casi negro, pero en cuanto al aire mismo, al color del aire, por más buena intención que puse, no vi ningún azul. Bajé las escaleras del centro, varias escaleras, y me olvidé del tema. Hasta que, de golpe, mientras buscaba el repuesto que necesitaba, miré la pantalla del celular y vi que tenía un mensaje: “Ahora es la hora azul”, decía. Era un mensaje de hacía cinco minutos, y cuando volví a salir a la superficie ya era de noche.

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Una respuesta a La hora azul

  1. Marxe dijo:

    Qué bonito. Me hizo acordar a este texto:

    El azul no hace ruido
    Es un color tímido, sin doble intención, presagio ni proyecto,
    que no se arroja bruscamente a la mirada como el amarillo o el
    rojo, sino que la atrae, la domestica poco a poco, le permite
    acercarse sin apremiarla, de modo que se sumerge en él, se
    encueguece y se ahoga sin darse cuenta.
    El azul es un color propicio a la desaparición.
    Un color donde morir, un color que libera, el color mismo del alma
    después de haberse desembarazado del cuerpo, después de haber
    salpicado toda la sangre y las visceras haberse vaciado, todas las
    entrañas, y el mobiliario de sus pensamientos haberse mudado para
    siempre.
    Indefinidamente, el azul se evade.
    En realidad no es un color. Más bien una tonalidad, un clima, una
    resonancia especial del aire. Un amontonamiento de claridad, un
    tinte que nace del vacío agregado al vacío, tan cambiante y
    transparente en la cabeza del hombre como en el firmamento.
    El aire que respiramos, la aparencia de vacío sobre la cual se
    agitan nuestras figuras, el espacio que atravesamos, no son otra
    cosa que ese azul terrestre, invisible, tan cerca está y se funde
    con nosotros, vistiendo nuestros gestos y nuestras voces. Presente
    aún en la recámara, todos los postigos cerrados y todas la
    lámparas apagadas, insensible atuendo de nuestra vida.

    Jean-Michel Maulpoix
    (fragmento de Une histoire de bleu, 1992)

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