Borracho, una canción.

zhang-zao2

Anoche en el momento en que la fiesta,
evaporándose, se desplazaba hacia la izquierda,
el alcohol de tan dulce comenzó a hacer reverencias.
Los camarones de las notas musicales salían, a los saltos,
del violoncello, para dar una vuelta e instalarse
otra vez, con un susurro, en la sutileza del vino,
como invitando a alguien a iniciar una revolución.
Un gordo lloraba, y del bolsillo de su traje
sacaba una ristra de petardos, sin conseguir
que nadie le hiciera caso. Ay, por favor
no te pares tan lejos y a la vez tan cerca,
no permitas que tus ocho yoes sacudan así el pelo,
no hay que dejar que la zona liberada
de la tetera se vuelque de golpe, se haga pedazos,
y no me hagas reverencias: hay un ciervo bajo la mesa,
hay un hombre con aspecto de funcionario
que camina en puntas de pie, levanta
una copa y empleando un tono de moneditas
le dice al huésped extranjero: “Agarrá
esta.” El alcohol sonríe por anticipado.
Yo sigo desplazándome hacia la izquierda
y empiezo a pensar que soy aquel gordo.
¿Por qué es tan difícil prender un petardo?
Mi mente parece estar cantando en una cabina teléfonica
vacía a mil km de acá: “¿Acaso hay que esperar a un asesino?”
La tierra muestra su rabo azul, sólo una toalla
húmeda viene hacia nosotros, un barquito vacío
regresando de las olas frías. Hagamos ochos,
extraigamos de su cuerpo una nueva Manchuria, una autopista,
que apunta hacia una belleza seductora,
que apunta hacia tus siete u ocho yoes:
tu nombre es Xiao Cui y ahora sos invisible o
abrazada a unos leones de piedra estás llamando
a esa cabina vacía a mil km de distancia
(su novio debía estar ahí pero no ha llegado,
y ella imagina ese vacío ilusorio).
Ella vuelve para acá, todo alrededor se despeña,
como si enfrente no hubiera más que jacintos.
Un croto se acerca bamboleándose, brinda con alguien.
La personalidad gotea de la punta de los dedos
de todos, se escurre, los petardos siguen sin encender,
y alguien le arranca el encendedor a otro. “Mi mente”,
vomita el gordo, “está muy clara. No, su majestad.”
El gordo se golpea a sí mismo. “Majestad,
lo conozco como la palma de mi mano.”
El asesino se ablanda. Afuera del living,
el hielo ha sellado las noticias. “A la izquierda,
a la izquierda”, el gordo remolca al asesino
hacia el interior del baño, y el asesino le da un beso
a un ausente, como si besara a un emperador.
El emperador está ausente, como el asesino. Y yo, como ese gordo,
me inclino una y otra vez frente a los mandatos ubicuos.
Tal vez soy ese borracho y a mil km, casualmente junto a esa cabina,
escucho el timbre del teléfono y me arrastro, para caer en el silencio.
El borracho espera de pie junto a la cabina, cantando:
“Desde lejos, desde lejos, tenés una imagen como en espejo”

Zhang Zao (1962-2010)

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