Jan Potocki no llega a Pekín

Y habría que hacer la historia también de los que no llegaron a Pekín, de los que estuvieron cerca pero se quedaron a medio camino, como Potocki, que vino a China a principios del siglo XIX acompañando a una nutrida y desafortunada embajada rusa. La empresa vino mal barajada desde el principio, demasiada fanfarria, con 240 integrantes, decenas de carruajes, peluqueros, músicos, vino, uniformes y todo el lujo imaginable, como si el propósito fuera triunfar con brillo y soberbia ahí donde embajadas anteriores habían fracasado con astucia y prudencia. Todavía estaban lejos de la frontera cuando llegó una primera carta del príncipe de Ourga (súbdito del emperador) insinuando que se redujera el número de la comitiva antes de llegar a la frontera y pidiendo la lista de regalos destinados al emperador. En la frontera, los hacen esperar 3 semanas, hasta que finalmente cruzan el 18 de diciembre, en medio del estruendo de cañones rusos y de petardos chinos, con la comitiva reducida a la mitad, y se disponen a atravesar el desierto en pleno invierno. Llegan a Ourga, y ahí las negociaciones empiezan de nuevo. Además de pedirles que reduzcan aún más la comitiva, y de una sucesión infinita de malentendidos, el obstáculo principal parece ser una ceremonia que precisa que el embajador haga reverencias frente a un altar donde se encarna la presencia del emperador. El embajador se rehúsa; sus órdenes le permiten prosternarse frente al emperador, pero no frente a un altar. Las negociaciones se empantanan, se espera una carta de la corte en Pekín y mientras tanto el invierno se hace cada vez más cruento. Entre menos 20 y menos 25, de día; entre menos 28 y menos 32, de noche. A veces el mercurio se congela. Los mongoles dejan apagarse el fuego y los rusos se despiertan con la frazada congelada contra la boca. Cuando el fuego no se ha apagado, con frecuencia se despiertan en medio de la noche con la ropa prendida por una chispa, de lo que resultan grandes quemaduras. Viven así, entre el hielo y el fuego. La comida es otro tormento. Les sirven un cordero tan duro que es prácticamente incomible. El arroz se llena del hollín del carbón. Por supuesto, el embajador está exceptuado de estos padecimientos. Tiene un estufa que lo mantiene caliente, una carpa bien cómoda y un cocinero que se ocupa de prepararle una dieta variada. Sin embargo, comienza a impacientarse; pasea sin parar en la puerta de su carpa, o se lo escucha gemir desde adentro. Los rusos empiezan a tener fantasías delirantes; se dicen que, en caso de que la respuesta de Pekín sea negativa, volverán a pasar el invierno a Irkutsk (un villorrio de Siberia) y organizarán bailes, soirées y salones literarios. Finalmente, un día las cosas parecen cambiar para mejor. El príncipe manda a la carpa del embajador una ofrenda de faisanes, víveres y fuegos de artificio que son encendidos esa misma noche. Las negociaciones recomienzan. El embajador le hace una visita al príncipe, le lleva regalos. El príncipe ofrece una solución: que el embajador escriba una nota donde explique que sus órdenes no lo habilitan a hacer reverencias frente a un altar pero que se compromete a hacerlas frente al emperador, una vez llegados a Pekín. La promesa de prosternarse en Pekín debe aparecer dos veces en la carta: al principio y al final. El embajador se niega: dice que no hay ningún motivo para repetir dos veces lo mismo en una carta. Al atardecer, los enviados del príncipe vienen hasta la tienda del embajador. Devuelven los regalos y dejan sobre la mesa del embajador una carta que contiene una sola línea: “Son una raza de extravagantes. Váyanse ahora mismo.”  El embajador, furioso, manda tirar los regalos fuera del campamento, del lado chino, y ordena a la orquesta que cante toda la noche,  para molestar. Al día siguiente, parten. Los chinos los siguen pisándoles los talones: cargan con los regalos de los rusos, que depositan del otro lado de la frontera rusa. Al llegar a Irkoutsk los rusos se disponen a implementar los planes de entretenimiento que habían imaginado durante el viaje. Organizan un evento social. “Acudieron, en efecto, una veintena de caricaturas que componían la crema y nata de Irkoutsk.” Anota Potocki. “Pero cuando se quiso realizar un segundo evento, las pobres caricaturas manifestaron humildemente que tenían la costumbre de acostarse a las nueve y que, por otra parte, cada caricatura tenía solamente un vestido, por lo que cual, si las reuniones comenzaban a multiplicarse, se verían en problemas.”

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