El bosque en medio de la biblioteca

Hace unos días visité por primera vez la Biblioteca Nacional Francesa, que está en una de las zonas más “nuevas” de la ciudad, en la orilla izquierda y hacia el este, en un área donde el tejido compacto y por momentos demasiado homogéneo de la ciudad  se quiebra y aparecen modernos edificios de vidrio, de oficinas (eso sí: bajos y de altura pareja), mezclados con restos de edificación del siglo XIX y principios del XX. Es un edificio que asombra y deja pensando. Vista de lejos son cuatro torres en forma de L (o de libro abierto), una en cada rincón, que delimitan un vacío rectangular. El vacío, de hecho, no es tal, pues cuando uno avanza por la explanada hecha de impecables listones de madera, se encuentra, en el centro mismo, pero varios metros más a bajo, a nivel subsuelo, un bosque. Sí, en corazón mismo de la biblioteca hay un bosque. Unos 130 pinos traídos de Normandía en los noventa (tenían ya unos 20 años entonces), de casi 30 metros de altura. La metáfora que dispara parece fácil, ya que la materia misma de los libros proviene de los árboles; el hecho de colocar un bosque en el centro podría tal vez intentar recordarnos nuestra dependencia de los recursos naturales y la necesidad de un equilibrio. O podría sugerir la relación entre el saber/el arte y la naturaleza, ya sea como relación complementaria (el sabio que levanta la vista de los libros para buscar inspiración en la naturaleza), o como oposición (el cansancio mallarmeano, la vida versus el arte). Pero hay algo más, pues al ingresar en el edificio descubrimos que de hecho el acceso al bosque está vedado. El bosque está ahí sólo para ser contemplado, porque sólo en la medida en que se limita el acceso (sólo el guardián del bosque y los científicos que inventarían las especies) puede seguir siendo bosque. En ese sentido parece remitir al jardín primordial, al jardín bíblico, del cual fueron expulsados Adán y Eva, lo cual concordaría con el deseo manifiesto del arquitecto (Dominique Perrault) de hacer con este edificio un homenaje a los claustros medievales, donde está el origen de la acumulación y transmisión del saber europeo. El motor del conocimiento y del arte, o de la civilización misma, en ese sentido, sería la nostalgia por una naturaleza perdida. La separación y la pérdida como motor del deseo.  En todo caso, hay algo sádico, algo ligeramente perturbador en este jardín vedado, este jardín del que se nos informan detalladamente las especies que contiene, los ciclos migratorios de sus aves, etc., pero en el que no podemos entrar (aunque los investigadores, los “sabios”, se acercan más que el resto, pues las salas reservadas a los investigadores están al mismo nivel que el bosque).
Y más perturbador aún cuando descubrimos que el acceso a las salas de lectura de la biblioteca es pago, porque entonces la metáfora del jardín vedado parece contagiarse a toda la biblioteca: para conservar el conocimiento, parece querer decir, hay que limitar un poco el acceso.

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