James G. Ballard nació en Shanghai en noviembre de 1930 y vivió en esta ciudad durante los años decisivos de su infancia y de buena parte de la adolescencia. Tan decisivos fueron en su caso que, aunque no volvió durante casi cinco décadas después de abandonarla en 1945, los años shanghaineses moldearon para siempre su imaginación y su escritura. Shanghai aparece como escenario de varias novelas y textos autobiográficos, pero en forma más general, como observó él mismo, toda su ficción no es más que un intento de evocar la ciudad y su experiencia de esa ciudad a través de medios diferentes que la memoria.
El padre de Ballard era un ingeniero que había llegado a Shanghai un año antes para administrar una fábrica textil inglesa. Formaba parte de una próspera y heterogénea comunidad extranjera en la que se mezclaban hombres de negocios europeos y americanos, exiliados rusos y judíos, diplomáticos y aventureros de toda especie. En las tierras que el Gobierno Chino se había visto obligado a ceder luego de la derrota en la Guerra del Opio, sobre una gruesa franja al borde del río Huangpu donde antes había campos anegadizos, chozas y tumbas dispersas, en menos de un siglo se había levantado, igual que un espejismo, una metrópolis comparable por su vitalidad, su tamaño y su arquitectura con las grandes ciudades europeas. Shanghai ya era, para ese momento, muchas ciudades: la de la sociabilidad ultra formal al interior de la comunidad europea, con sus fiestas y recepciones regadas de alcohol y sus casas atendidas por decenas de criados chinos; la Shanghai nocturna y sórdida de los burdeles y la mafia; y también la de los miles de campesinos que buscaban refugio de la guerra y el hambre. 
Aunque pasó su infancia inmerso en la burbuja del confort europeo, entre los carísimos regalos importados, los cómics americanos y la compañía permanente de su institutriz rusa, desde chico Ballard asistió como espectador a la violencia y el horror exterior.  Shanghai era un caleidoscopio sangriento y lleno de escenas de crueldad pero también de misterio.  En “Milagros de vida”, la autobiografía terminada poco antes de su muerte en 2009, cuenta el efecto fascinante que producían en ese niño las imágenes que pasaban por afuera de la ventanilla del auto, camino al Country, al French Club o a la oficina del padre en el Bund: cadáveres flotando río abajo o apilados en las calles, gángsters y ejércitos de prostitutas, fuegos de artificio en celebración de la apertura de un nuevo club nocturno, coreografías insólitas, y el olor de la comida callejera mezclado con la mugre de los desagües abiertos. Ese cúmulo de imágenes extrañas, que no alcanzaba a entender del todo, convertía a la ciudad en un lugar mágico y a la vez lo acostumbraban a tratar lo mágico, lo excepcional y lo cruel como algo normal: para los 14, escribió Ballard, “ya me había convertido en una persona tan fatalista acerca de la muerte, la pobreza y el hambre como los chinos.”  
En 1937 llegó la guerra. Japón invadió China y capturó las grandes ciudades de la costa, entre ellas Shanghai, cuyos suburbios fueron escenario de combates encarnizados. Ballard recuerda el humo sobre la ciudad, el paso de los aviones y el estruendo de las bombas y la metralla. La vida en la Concesión Internacional y Francesa, a pesar de todo, continuó al ritmo de siempre, a la sombra del ejército japonés, que por el momento mantenía el statu quo. Fiestas, cócteles y brindis interminables sugerían una ceguera en relación con la catástrofe que se acercaba.  La mayoría de los recuerdos más tempranos de Ballard datan de esta época, cuando comenzó a dar largos paseos en bicicleta por la ciudad, escabulléndose entre la multitud de mendigos, gángsters, prostitutas y soldados. Algunos domingos la familia entera, junto con otras familias amigas, visitaban los campos de batalla al sur y al oeste de la ciudad, donde Ballard recuerda las trincheras con caballos muertos y cadáveres flotando en los canales. 
Luego vino la guerra en Europa y los europeos comenzaron a abandonar la ciudad.  Los Ballard estuvieron entre quienes decidieron quedarse, confiados en que Shanghai permanecería al margen, una esperanza que se reveló equivocada. Un día después de lanzar el ataque contra Pearl Harbor, en diciembre de 1941, las tropas japonesas entraron en la Concesión Internacional. En 1943, junto con otros dos mil extranjeros, los Ballard fueron enviados a Longhua, uno de los campos de concentración de la ciudad, en una escuela varios kilómetros al sur de la casa familiar en Xujiahui. Es el mismo lugar donde funciona hoy una secundaria estatal destinada a la elite shanghainesa. Sven Serrano, que vive en Shanghai desde hace cinco años y da clases de historia en la escuela, realiza todas las semanas un paseo por el campus, donde aún se pueden ver varios de los edificios originales. Con sus avenidas bordeadas de álamos y plátanos, su delicado jardín chino y sus edificios perfectamente acondicionados y pintados, el colegio parece haberse sacudido de encima todo rastro de su pasado como campo de concentración, prefiriendo ostentar la larga lista de graduados célebres.  Sólo una construcción más pequeña y venida abajo, el antiguo dormitorio de los guardas japoneses, parece haber permanecido inalterada.  

“La actuación de los japoneses en Longhua no fue tan terrible como pudo haber sido en otros sitios similares”, dice Serrano. “Una prueba de esto es que el propio padre de Ballard testificó a favor del director del campo, en un tribunal de crímenes de guerra”. Los dos años en Longhua cuentan, de hecho, entre los más felices de Ballard en Shanghai. A pesar de las restricciones, la escasez de comida y la incertidumbre, la vida en el campo estaba llena de aventuras y de personajes interesantes, y Ballard no se despidió de Longhua sin algo de pena. Un día, al despertarse, todos los guardas japoneses habían desaparecido. Hasta ese momento, los internos sabían que la guerra había terminado gracias a las radios que algunos guardaban clandestinamente, pero no sabían cuál sería la reacción de los japoneses. Ballard salió del campo y recorrió a pie el camino hacia su casa, bordeando el  ferrocarril. Una última escena de horror lo esperaba en el trayecto: unos soldados japoneses, aburridos y a la deriva luego del final de la guerra, estrangulaban lentamente a un campesino chino.
Henry James decía que el pasado era un lugar visitable y en el caso de Ballard lo fue. Volvió en 1991. Habían pasado 45 años desde que se fuera de la ciudad pero buena parte de la Shanghai que él había visto permanecía intacta. Volvió a Longhua, recorrió el cuarto que su familia había compartido con otras familias de internados, y también la casa familiar, que ahora alojaba un oscuro departamento estatal y que permanecía inalterada, aunque la  interminable extensión de campos de arroz, pequeñas aldeas y canales que antes se veía desde el techo había sido cubierta por suburbios. Por esa época escribió en una carta: “Lo que es tan interesante acerca de Shanghai, y probablemente la vuelve única entre las grandes ciudades del mundo, es que haya podido permanecer casi sin cambios, de manera que personas como yo que nacieron y fueron criadas acá pueden, literalmente, meterse en una máquina del tiempo. Es la oportunidad de tener 11 años de nuevo lo que resulta tan inquietante…”
En los 20 años que transcurrieron entre 1991 y 2013 Shanghai ha cambiado más que en los cuarenta cinco que tardó Ballard en regresar. Muchas de las villas y casonas han sido reemplazadas por torres y centros comerciales, como un escenario que se va desmontando lentamente. A fines de los 90 la casa de los Ballard se convirtió en un restaurante de comida rápida. Luego, hace un par de años, la propiedad cambió nuevamente de manos y los nuevos dueños rehicieron la vieja casona casi desde los cimientos, alterando la planta original y reemplazando la estructura original por una de concreto. Lo que está en pie ahora es menos un monumento histórico que una réplica fantasmagórica, y por eso mismo tal vez más ballardiana que nunca.  La casa, escribió Ballard luego de visitarla en 1991, era “un fantasma que había pasado cincuenta años tratando de socavar toda memoria de una familia inglesa que la había ocupado y se había ido sin dejar rastro”.

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