El año nuevo

Por el túnel subterráneo que lleva hacia la estación de tren una multitud avanza a paso decidido. Se ve gente que arrastra valijas y carga bolsas con regalos, listos para tomarse el tren de regreso a sus casas o a su lugar de vacaciones, otros que avanzan con las manos vacías. En las escaleras que dan a la plaza un puñado de revendedores (popularmente bautizados como huangniu o: “bueyes amarillos”) repite discretamente: “¡Boletos, Boletos, Boletos!”, o interpelan a los transeúntes: “¿A dónde? ¿Ha’erbin? ¿Chengdu? ¿Xi’an?” Quienes entran en este juego de adivinanzas se detienen en las escaleras y comienzan la negociación, pero la mayoría sigue su camino hacia la plaza, un gran rectángulo abierto que funciona como sala de espera: recién 3 horas antes de la hora de partida se les permite a los pasajeros entrar a la estación. Las familias en círculo alrededor de sus bultos, parejas, grupos de amigos e individuos aislados, muchos con caras curtidas que denotan su origen rural, esperan ahí charlando o mirando la pantalla gigante instalada sobre la entrada de la estación. Otra pantalla, un poco más chica, muestra los horarios y destinos de salida y llegada. En la sala amplia e iluminada donde se venden los boletos, hay largas colas frente a cada ventanilla y caras de cansancio. En una sala más pequeña, dispuesta para la compra automática, los hombres parados frente a la hilera de máquinas de expendio parecen apostadores en los tragamonedas. Conseguir el pasaje a veces puede tener algo de lotería.

 Escenas así son algo de lo más corriente para esta época, durante el lapso de casi cuarenta días que antecede y sigue al llamado Festival de Primavera, cuando cientos de millones de chinos se desplazan simultáneamente a lo largo del país. El objetivo es regresar a sus ciudades y pueblos para festejar el Año Nuevo, el hito principal de un calendario de fiestas tradicionales que todavía ritman buena parte de la vida colectiva. La desesperación por conseguir boletos y las largas colas de espera generan un peligroso caldo de malhumor que tiene como blanco principal a las autoridades del Ministerio de Ferrocarriles. El gobierno lo sabe y por eso moviliza decenas de miles de agentes para multiplicar la frecuencia de los servicios y canalizar la energía de este flujo demográfico. A la vez, destina una inmensa cantidad de recursos a la ampliación y modernización del sistema de trenes. Gracias a esta inversión sostenida, China cuenta ya con el tercer sistema ferroviario del mundo, aunque la demanda crece año tras año a la par de la oferta.

En China, como en el resto del hemisferio norte, ahora es invierno, pero el calendario tradicional marca el comienzo de la primavera, o más bien el comienzo del fin del invierno, entre el 4 y el 18 de febrero. Por eso se habla del Festival de Primavera. El transporte de pasajeros durante esta época (al que se alude sintéticamente con la expresión “transporte de primavera”) se convirtió en un tema candente a partir de la década del 80 y de 90, con el vertiginoso crecimiento económico y urbano. Una de las claves de ese crecimiento está en el desplazamiento de grandes masas de población rural hacia las ciudades, adonde van en busca de trabajo en la construcción, la industria o una gama de actividades cuentapropistas e informales. Se palpa sobre todo en las grandes metrópolis de la franja este, como Shanghai, Beijing o Shenzhen, donde la población flotante constituye casi la mitad del total. Cuando los trabajadores campesinos (mingong) emprenden el regreso a sus pueblos estas ciudades quedan en parte vacías. Por unos días, la ciudad se ve, se escucha y se huele diferente: con los mingong desaparece la mezcla de acentos y dialectos, los olores de la comida callejera y los puestos de fruta.

Para estos trabajadores se trata de una época sensible no sólo por el difícil regreso a casa sino porque muchas empresas no tienen escrúpulos en retenerles la paga. Tanto en los medios oficiales como en el Weibo (el Twitter local) se han multiplicado en los últimos días las noticias sobre trabajadores que se ven obligados a retrasar el regreso por este motivo. Cuando el arbitraje del Estado no resulta, muchos recurren a medios más extremos para llamar la atención, como pasearse desnudos, con carteles que denuncian a sus empleadores, o como el caso desesperado de un grupo que amenazó con tirarse desde un edificio. Cualquier cosa antes de volver a casa con las manos vacías, lo cual equivale a “no tener rostro”.

No todo el mundo, sin embargo, está desesperado por volver a su casa. Para otros, los festejos del Año Nuevo pueden significar una situación angustiante. Es el caso de Jianguo, un joven de 26, de la provincia de Hunan, que llegó hace poco más de un año a Shanghai y encontró trabajo como mozo en un restaurante de la zona del Bund. Para Jianguo el regreso a la casa está asociado al asedio de sus padres, preocupados por saber cuándo se casará y formará una familia. Por eso, este año ha decidido volver recién después de pasado el Año Nuevo. No es el único. Son muchos los jóvenes que utilizando como excusa la dificultad para conseguir pasaje aprovechan para evitar el regreso. Para ellos la reunión familiar en torno a la mesa de Año Nuevo dista mucho de tener la connotación feliz que tiene en el imaginario tradicional. La presión que sienten es en parte producto de la concepción tradicional y jerárquica de las relaciones, en parte una secuela de la política reproductiva promovida a partir de los 80, cuyo fruto ha sido una generación de hijos únicos, obligados a cargar sobre sus espaldas las expectativas de sus padres.

 Faltan pocos días para Año Nuevo y ya casi no hay negocio ni casa que no estén decorados para la ocasión: faroles y colgantes rojos, pareados con frases de buen augurio, imágenes de peces y caligrafías con el ideograma de la felicidad o la longevidad pegados en puertas y ventanas. En los negocios y puestos de las calles se venden los hongpao, sobres rojos en los que, como es tradición, padres y tíos les regalan dinero a los chicos. Los petardos se escuchan cada vez con más frecuencia, y algunos impacientes lanzan fuegos de artificio incluso en pleno día. Algo diferente hay esta vez, sin embargo, al menos para las empresas y organismos del Estado. Como haciéndose eco de la famosa frase de Mao (“la revolución no es invitar a huéspedes a cenar”), desde el recién asumido presidente Xi Jinping se ha bajado una línea de austeridad, según revela en su nota de tapa de esta semana el Nanfang Zhoumo, un influyente semanario de Guangdong famoso por sus artículos controversiales. Muchas empresas y organismos han cancelado las tradicionales y fastuosas fiestas de fin de año, que para la gente común se han convertido en símbolo de una elite corrupta. Habrá que ver si los nuevos vientos que soplan desde Beijing logran afianzarse. Pero todo indica que en el año de la serpiente China se prepara para cambiar una vez más de piel.

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