La montaña

La montaña es alta y escarpada,
el camino angosto. Llego al atardecer al templo,
murciélagos revoloteando, me siento en las escaleras.
Una lluvia tupida cayó hace poco
engrosando las hojas de bananos y jazmines.
Hay unas bellas pinturas del buda
en una pared antigua, dice el monje.
Trato de verlas a la luz de una antorcha.
Me preparan la cama y unas verduras:
la comida es frugal pero me satisface.
Me acuesto. En la noche callan todos los insectos:
la luna clara sube de atrás de la montaña
y penetra por la ventana y la puerta.
Apenas aclara parto solo, sin ningún camino:
subo, bajo, salgo, entro. La niebla se disipa
y aparecen brillantes, abajo, las flores rojas
y el arroyo verde. Se ven también pinos
y robles más gruesos que lo que un hombre
puede abrazar. Piso descalzo los guijarros del arroyo.
Murmura el agua, el viento me levanta la ropa.
Una vida así podría satisfacerme por completo.
¿Para qué dejarse sujetar por mil limitaciones?
Solo aquí, con dos o tres amigos queridos,
podría llegar a viejo y no volver nunca más.

Han Yu

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